La pelea entre el Dr. Jekyll y el Sr. Hyde que se da permanentemente en el espíritu del Salmón se resolvió en 12 canciones (y dos bonus tracks) que reúnen sin sobresaltos a todos los Andrés Calamaro que existen.
La cotidianeidad del cantante se transforma en canciones que, entre rimas fáciles y entradoras, acarician con dulzura melodías pegajosas, de esas que están destinadas a ser tarareadas durante horas. Y su voz, su forma de entonar, tan criticada como amada, sigue firme en la suya, sin preocuparse demasiado por el qué dirán, porque lo que cuenta es lo que dice. El cómo se ajusta a otros parámetros.
Tampoco parece importarle que los fundamentalistas le cuestionen los vaivenes de estilos y de formas. Calamaro va al frente con algo de flamenco, ranchera, cumbia y rumba. También pop, rock tribunero para el agite y mucho más. Melancolía y alegría, fiesta y reflexión. Por eso invitó a cantar a gente tan diversa como Diego El Cigala, El Langui, Enrique Bunbury, Vicentico o Calle 13.
El Salmón ya no es el mismo (lo dijo él mismo en "La lengua popular"), y se alejó de sus noches camboyanas. Pero no está domesticado ni aséptico.
El peor y el mejor Calamaro se dan la mano una vez más, y salen juntos a escena a hacer lo que más les gusta, que en definitiva es lo que los mantiene unidos.